Acostumbrarse (unos por voluntad propia, otros por obligación) a la inmediatez y a los cortos plazos, al rápido beneficio, a recibir sin apenas haber dado, significa reducir nuestro tiempo a una carrera contrarreloj en la que los segundos, cada uno más afilado que el anterior, convierten esperas en suplicios. Los constantes cálculos y las respuestas cerradas nos niegan una perspectiva real de las cosas, pues omitimos horizontes con el fin de salvar abismos. Sin embargo, existe aún quién se niega a sucumbir a las nuevas reglas del juego y, consciente de sus posibilidades, recurre a los largos plazos en busca de un resultado con cuerpo, haciendo del mero proceso un beneficio. Plantar la semilla, ayudarla a crecer, esperar (la paciencia, cualidad en peligro de extinción), y recoger la cosecha. Ensanchar los márgenes del error, dándole forma de tropiezo, jamás de final. Y a caminar. La Anguera llegaba a Can Caralleu sumida en un estado de gracia permanente tras haber enl...