Las jornadas pasan, como si segundos fueran, y la clasificación ahoga, abraza, o pasa de largo. Castiga a los perezosos con ansiedades existenciales y premia a quienes cumplen con confianza y márgenes. Llegan los cálculos, los golaverajes, y las conjuras de equipo. De los entrenadores ni se duda, pues hacerlo es derrumbar la primera planta del edificio. Al final siempre ganan los mismos: aquellos que corren a exprimir su jugo como si no tuvieran más que ofrecer. El extremo joven, el balón parado, una racha como local, o una fiel afición. Para lograr el objetivo hay que conocerse a uno mismo, parece haber entendido el Sants, que juega cada partido consciente de sus virtudes y flaquezas. El domingo, con Mario Cantí sancionado, Tito se atrevió a dejar al Sheriff en el banco para buscar un partido diferente, argumentado desde la abundancia de centrocampistas y la profundidad de los laterales. Fran y Borrull eran las primeras espadas blanquiverdes. Yamandú, por su parte, estrenaba...