Nadie dijo que fuera fácil. De hecho, nunca lo es. Los macarrones de la abuela, aunque ella diga que sí, tampoco lo son. Cuando veo el éxito en el rostro de alguien, me pongo a buscar donde quedan sus fallos. Los hallo en las arrugas del entrecejo, en tímidas pero estéticas ojeras, o quizás en canas que piden paso. Casi cada mañana, en el trayecto de la cocina al salón, veo derramar el café con hastío. Pienso entonces en Steve Jobs o en Michael Jordan, que hablan del tropiezo cual crédito obligatorio, y entonces la tragedia se convierte en el prólogo de algo grande. No sé que rama de la psicología le tira más al bueno de Michael, pero por su discurso puedo adivinar que es la del "ensayo y error". Probar todo cuanto creas para encontrar la solución, dando espacio y tiempo al fallo. El Sants parece ir por este camino, y aunque los resultados digan lo contrario, cada vez está más cerca de dar con la tecla. Hemos visto varias fórmulas empleadas por el conjunto blanquiverde, ...